Cuarenta años después del histórico fallo de La Haya contra Estados Unidos, Nicaragua vuelve a celebrarlo como hazaña jurídica… mientras el cheque por 17.000 millones de dólares sigue sin llegar. Entre la épica de “David contra Goliat” y la cruda realidad de la impunidad, la conmemoración está lejos de ser unánime.

Por un lado, la prensa oficialista presenta la sentencia como una “victoria jurídica” que probó que “la razón puede vencer a la fuerza” y que un pequeño país puede sentar en el banquillo a la mayor potencia militar del planeta. El caso se describe como una “abrumadora sentencia de La Haya” que reafirmó principios como la soberanía, la no intervención y la prohibición del uso de la fuerza.

En esta narrativa, el 27 de junio de 1986 es un parteaguas histórico: “la sentencia de La Haya: 40 años de una victoria jurídica de Nicaragua frente a Estados Unidos” habría demostrado que el derecho internacional puede ser un arma de defensa de los pueblos oprimidos. El fallo es exaltado como “la victoria de David sobre Goliat en La Haya”, un precedente sin parangón en el derecho internacional porque una pequeña nación centroamericana logró una resolución favorable contra Washington.

Pero el propio discurso oficial admite el contraste incómodo: se subraya que “40 años después, EE.UU. aún no indemniza a Nicaragua por los daños causados en la década de 1980”. Otro artículo reconoce que “Nicaragua contra Estados Unidos: 40 años de una sentencia histórica que sigue esperando justicia”, al señalar que Washington nunca cumplió el fallo ni pagó la indemnización.

Así, la conmemoración oscila entre el orgullo simbólico y el vacío material: el caso se estudia en universidades como ejemplo de límite al poder de las potencias, pero, en la práctica, exhibe precisamente lo contrario: un sistema internacional donde la vigencia del derecho depende, todavía, de la voluntad del más fuerte.

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