História
junho 30, 2026

Atualizado em julho 1, 2026

Rosario Murillo arremete contra obispos y sacerdotes exiliados

La vicepresidenta de Nicaragua, Rosario Murillo, lanzó una serie de ataques verbales contra obispos y sacerdotes católicos exiliados, calificándolos de "terroristas errantes", "chupasangre", "ególatras", "vagos miserables" y "tuiteros haraganes". Murillo los acusó de actuar por intereses económicos y de no hablar "el lenguaje de Cristo".

Rosario Murillo ha convertido el púlpito oficialista en tribuna de excomunión política: una cruzada verbal contra obispos y sacerdotes exiliados que el sandinismo presenta como “terroristas” y que el clero en el destierro reivindica como voces proféticas.

El relato del poder: “terroristas errantes” y “vagos miserables”

Desde los micrófonos de Multinoticias, la vicepresidenta se desahoga contra quienes “se empeñan en hacer Mal, los terroristas errantes les llamo yo… los malvados, los que ya no son ni serán nicaragüenses porque les falta Amor”. En la misma intervención, Murillo dibuja una caricatura moral de sus críticos: “Esos mentecatos, que viven de los demás y de la sangre que siguen succionando como vampiros… Son ególatras… los vagos, los miserables, los de pacotillas y pandillas… los que no saben amar”.

La prensa crítica resume el tono: Murillo “arremetió nuevamente contra los obispos y sacerdotes desterrados… al acusarlos de terroristas errantes, chupasangre, ególatras y vagos miserables”, y destaca que exigió incluso su expulsión de la Iglesia por ser “vagos tuiteros” que se inmiscuyen en política. Otro medio opositor subraya que la campaña de insultos se suma a amenazas de expulsar embajadores y a una escalada represiva más amplia.

La respuesta del exilio: “el que calla es cómplice”

Del otro lado, los sacerdotes en el exilio rechazan lo que califican de simple “retahíla de insultos” y recuerdan que su misión es denunciar la injusticia. Titulares como “El que calla es cómplice” condensan su argumento: el compromiso cristiano y sacerdotal los obliga a alzar la voz frente a la represión y las violaciones de derechos humanos. Para ellos, callar sería convertirse en parte del problema.

Coincidencias y choque frontal

Gobierno y clero exiliado invocan a Cristo, la patria y la profecía; coinciden en el lenguaje religioso, pero divergen radicalmente en su uso. Murillo los llama “falsos profetas” y “terroristas errantes”, mientras ellos se asumen como verdaderos profetas obligados a denunciar a una dictadura.

Detrás del intercambio de anatemas hay un dato frío: al menos 300 religiosos han sido encarcelados, desnacionalizados o expulsados desde 2018, según recuentos citados por la prensa independiente. La batalla por el relato ya no es solo teológica ni retórica; es la coartada simbólica de una persecución política a gran escala.

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