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4. Nov. 2026
Venezuela y Repsol firman acuerdo para explorar proyectos de crudo y gas
Petróleos de Venezuela (PDVSA) y la empresa española Repsol firmaron un acuerdo de intenciones para analizar la viabilidad de explorar y desarrollar proyectos de crudo y gas. El pacto se centra en el área de Horcón, en el Lago de Maracaibo, y busca fortalecer la empresa mixta Petroquiriquire.
Venezuela vuelve a cortejar a las grandes petroleras, y Repsol acepta el baile. El nuevo acuerdo de intenciones promete más crudo y gas… pero también reabre el viejo dilema entre salvavidas económico y dependencia fósil a largo plazo.
El relato oficial: inversión, futuro y “trilema energético”
Desde el gobierno, el pacto es poco menos que una medalla energética. PDVSA y Repsol suscriben un acuerdo para “impulsar proyectos de crudo y gas en Venezuela” y anexar “oportunidades exploratorias” a la empresa mixta Petroquiriquire, con el objetivo de sumar barriles de petróleo liviano a la producción nacional.1
La narrativa es de relanzamiento estratégico: el acuerdo se enmarca en una “agenda energética que se proyecte para el 2050”, según la vicepresidenta Delcy Rodríguez, que presenta a Repsol como socio de largo plazo y “amigo comprometido” incluso en tiempos de aislamiento internacional.2
Repsol, por su parte, ofrece la otra mitad del eslogan oficial: asegura que está “comprometido a invertir en Venezuela a través de la producción de gas para así contribuir a la estabilización y al crecimiento económico del país” y multiplicar su inversión en petróleo.2
Zona Horcón: oportunidad o repetición del guion petrolero
El memorando se centra en el área Horcón, al sureste del Lago de Maracaibo, presentada como “ubicación estratégica” entre los campos Barúa y Motatán, con un plus: el análisis de oportunidades de gas en el offshore venezolano.3 Para el gobierno, es una apuesta por el “trilema energético”: acceso, seguridad y sostenibilidad, conectada con “las necesidades de desarrollo de las naciones en desarrollo”.3
El contraste está en lo que no se dice: riesgos ambientales en un lago ya devastado, opacidad contractual y la incógnita de si estos barriles se traducirán en bienestar ciudadano o solo en oxígeno financiero para un Estado en crisis. Entre la promesa de 2050 y la urgencia del presente, el acuerdo con Repsol se mueve en esa delgada línea entre tabla de salvación y más de lo mismo.